De cuadernos y post-its a un ERP de fermentación
Detrás del proyecto

De cuadernos y post-its a un ERP de fermentación

De cuadernos y post-its a un ERP de fermentación

El cajón del caos

Todo empezó con buenas intenciones: una libreta bonita, de esas con tapa dura que compras casi como un ritual de "esta vez sí voy a ser metódico". Páginas cuadriculadas, una sección para cada fermento, fecha bien clara en la esquina superior.

Duró tres semanas.

Lo que vino después es algo que cualquier fermentador casero reconoce de inmediato. Post-its pegados directamente en los tarros porque la libreta estaba en otra habitación y la idea había que apuntarla ya. Notas de voz en el móvil grabadas con las manos mojadas — "kombucha, día… no sé, como cinco, huele bien, probar mañana" — que nadie volvió a escuchar jamás. Fotos en el carrete sin ninguna fecha ni contexto, así que dos meses después mirabas una imagen de un tarro burbujeante sin la menor idea de si era el lote bueno o el que se estropeó.

Y luego, cómo no, el Excel. Empezó como la solución definitiva — columnas, fechas, una celda para observaciones — y terminó siendo otro frente abierto. Una hoja por fermento. Luego una hoja por mes. Luego ya ni se sabía cuál era la versión actualizada, y aparecían archivos con nombres como kombucha_v3_FINAL_esteesi.xlsx o chucrut_DEFINITIVO2.xlsx, que cualquiera que haya intentado organizar algo digitalmente reconocerá con una sonrisa incómoda.

El cajón de la cocina lo resumía todo bastante bien: la libreta a medio rellenar, tres bolígrafos sin tinta, un post-it suelto que decía "subir sal 2%" sin especificar a qué receta pertenecía ese aviso tan crucial.

El problema no era falta de ganas. Lo intentamos en serio, más de una vez. El problema era que no existía un sistema pensado realmente para cómo funciona fermentar.


Por qué la libreta no funciona para fermentar

Aquí está lo que tardamos un tiempo en entender, y que ahora nos parece evidente: una libreta es perfecta para pensar de manera lineal. Página uno, página dos, página tres. Vas avanzando y no vuelves atrás.

Pero la fermentación no es lineal. Es circular.

Haces una kombucha. La sigues el día 3, el día 7, decides cuándo pasar a la segunda fermentación, embotellas, esperas, la pruebas. Y luego, dos semanas después, vuelves a hacer kombucha — y necesitas comparar este lote con el anterior. ¿Subiste o bajaste el azúcar? ¿Cuánto tiempo dejaste la primera fermentación la vez que salió perfecta? ¿Qué temperatura hacía aquel día en la cocina?

Esa información no está en la página siguiente de tu libreta. Está varias páginas atrás, mezclada con anotaciones de otro fermento completamente distinto que hiciste la semana siguiente porque, claro, en casa nunca tienes solo un tarro activo.

Cuando llevas a la vez una kombucha, un chucrut y un kéfir de agua —que es lo normal en cualquier cocina fermentadora mínimamente activa— el caos no es un riesgo. Es una certeza matemática. Cada uno tiene su ritmo, su fase, sus variables. Seguir los tres a mano, con precisión, durante semanas, es agotador incluso para la persona más organizada que conozcas.

No es que faltara disciplina. Es que estábamos usando la herramienta equivocada para el problema que teníamos.


Veinte años antes de la primera línea de código

Esto no empezó ayer. Llevamos cerca de veinte años fermentando en nuestra propia cocina — primero por curiosidad, luego por pasión, hasta convertirse en una parte de nuestra vida diaria. Hemos probado prácticamente de todo: kombucha, kéfir de agua y de leche, chucrut, kimchi, miso, masa madre. Hemos tenido lotes que salieron perfectos y lotes que tuvimos que tirar. Hemos compartido tarros con amigos, hemos respondido las mismas preguntas una y otra vez, y hemos ido afinando nuestras propias recetas durante años hasta que de verdad funcionaban.

Con el tiempo nos montamos nuestro propio sistema de registro, a base de prueba y error, hasta que nos sirvió. Funcionaba para nosotros. Pero seguía siendo manual, seguía viviendo en libretas y hojas de cálculo, y seguía siendo difícil de compartir con nadie más.

La idea de convertir todo ese conocimiento en una herramienta digital nació en 2021, cuando el mundo se volvió de golpe mucho más online. Vimos a mucha más gente animándose a fermentar en casa, topándose con los mismos obstáculos que nosotros habíamos resuelto a base de años de ensayo en nuestra propia cocina — y pensamos que tenía sentido compartir lo aprendido de una forma que llegara a más gente.

Diseñar y construir Fermenty nos ha llevado bastante más tiempo del que imaginábamos, siempre compaginándolo con nuestros fermentos del día a día, que no se detienen para esperar a que termines de programar una funcionalidad. Pero precisamente por eso, lo que hay hoy en la app no es teoría. Es la destilación de dos décadas equivocándonos, ajustando, anotando y volviendo a intentarlo, tarro a tarro, en nuestra propia casa.


La chispa

Un día, después de un lote de kombucha que no terminaba de convencernos, buscamos en Google "cómo saber si mi kombucha está lista". Como hace todo el mundo alguna vez.

Y ahí, leyendo la enésima respuesta genérica sobre catar la kombucha a partir del día siete, caímos en la cuenta de algo bastante obvio una vez que lo ves: la respuesta no estaba en encontrar la receta perfecta en internet. Estaba en tener nuestro propio registro.

Porque nuestra kombucha no es la kombucha de un blog. Depende de nuestra agua, de nuestro té, de la temperatura real de nuestra cocina en ese mes concreto, del SCOBY que hemos ido cuidando durante meses. Ninguna receta ajena, por bien escrita que esté, puede saber eso. Solo nuestro propio historial podía dárnoslo.

Desde la preparación hasta la evaluación final —con todos los ajustes, todas las versiones, todos los pequeños cambios que vas haciendo lote a lote hasta llegar a la receta que realmente funciona para ti— necesitábamos un sistema. Uno que entendiera que fermentar no es seguir una instrucción una vez, sino refinar un proceso muchas veces.

No existía. Así que decidimos construirlo.


Hecho por quien lo vive cada semana, desde hace años

No llegamos a esto desde una oficina de producto, pensando en un mercado. Llegamos desde nuestra propia cocina, con las manos manchadas de té y vinagre durante veinte años, hartos de perder información que nos había costado mucho descubrir.

Eso, para nosotros, es lo que distingue a Fermenty. Cada funcionalidad que tiene hoy responde a algo que necesitamos nosotros mismos en algún momento concreto de todo este tiempo: la vez que perdimos un lote bueno porque no anotamos la temperatura, la vez que dos tarros de kimchi acabaron mezclados sin saber cuál era cuál, la vez que tuvimos que recordar de memoria una receta que habíamos perfeccionado meses atrás y solo nos acordábamos a medias.

Hacer un seguimiento real de tus fermentos en casa cambia la relación que tienes con ellos. Te ayuda a entender mejor cada proceso, a repetir los resultados que te gustan en lugar de cruzar los dedos, y a aprender de verdad de los que no salen tan bien en lugar de simplemente desanimarte. Cuando registras datos como el tiempo, la temperatura o el sabor en cada fase, conviertes algo que parecía un poco de magia o de suerte en algo predecible, seguro y que mejora con cada lote.

Esa es la diferencia entre fermentar a ciegas y fermentar con conocimiento. Nosotros vivimos la primera durante años. Por eso construimos la segunda.


¿Reconoces tu propio cajón del caos? Apúntate a la lista de espera de Fermenty y empieza a registrar tus lotes como se merecen.

#detrás del proyecto #historia #fermentación casera
Medina
Lo que me apasiona
Medina
Fermentista pro

Fermentista incansable y parte del equipo de Fermenty. Me apasiona la creatividad que despiertan los fermentos, y cuando salen bien :)

Comentarios (0)

Los comentarios son moderados antes de publicarse.

Sé el primero en comentar.